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Características de la predicación

Características fundamentales de la predicación dominicana

La novedad de la predicación dominicana se concreta en algunas características específicas de la misma. Los testimonios sobre la vida de la primera generación dominicana permiten descubrirlas. Estas nuevas característi-cas inauguran una nueva etapa de la evangelización cristiana, que se revela especialmente significativa en nuestros días. Dichas características han sido ampliamente analizadas por los estudiosos del proyecto dominicano original. Una referencia sumaria a las mismas nos permitirá comprender mejor la naturaleza de la predicación dominicana.

En primer lugar, la predicación dominicana es una predicación doctrinal o kerygmática. Doctrinal no significa teórica o abstracta, sino kerigmática, cristocéntrica, positiva... El kerygma es el núcleo de la predicación apostólica en la Iglesia primitiva, y el núcleo de cualquier predicación verdaderamente cristiana. La exhortación moral o la invitación a la penitencia y a la conversión vienen después, como consecuencia de la fe, e incluso a veces pueden resultar innecesarias. Cuando se invierten los términos, la vida cristiana pierde sus raíces y su dinámica; los mandamientos de la moral resultan una carga insoportable; la penitencia y la conversión se reducen a simple tarea ascética y voluntarista. Una predicación cristiana que pretenda arrancar desde la moral acarrea su propio fracaso, al intentar construir la vida cristiana sobre la arena del voluntarismo, de la amenaza o del miedo. La vida cristiana no tiene otro fundamento más que la experiencia de fe en Cristo Jesús. Se construye sobre el anuncio de la Buena Nueva de la salvación y sobre la experiencia de fe en Cristo.

La predicación dominicana no está basada en la amenaza apocalíptica o. en la mera exhortación moral. Es más que una parénesis e incluso más que una catequesis. Es el anuncio directo del Kerygma y la explicitación del mismo. Es una predicación positiva en cuyo centro está el anuncio de la bondad de Dios que se ha manifestado en Cristo. La primera generación dominicana es especialmente sensible a este tema de la bondad divina. El anuncio de Cristo Salvador está en el centro de la predicación y de la espiritualidad dominicanas. Este carácter kerigmático y doctrinal hace que la predicación dominicana esté íntimamente asociada a la oración, a la experiencia contemplativa y al estudio constante de la verdad sagrada.

Objeto preferido de la meditación y del estudio dominicano es la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios que revela el proyecto salvífico de Dios sobre la historia humana. Las primeras comunidades dominicanas son lugares de oración contemplativa, de estudio asiduo, de reflexión teológica. Y así se convierten en lugares de una predicación doctrinal, kerygmática, cristocéntrica, positiva.

En segundo lugar, la predicación dominicana es una predicación carismática. No está ligada a ninguna investidura jerárquica y mucho menos a cualquier medio de poder político o coerción. Lo único que la respalda es el Espíritu, la eficacia o el poder de la Palabra de Dios y la vida evangélica del predicador o de la comunidad evangelizadora. El predicador es un carismático, un maestro espiritual, no una autoridad jerárquica. Está libre del gobierno y de la administración, para dedicarse exclusivamente al ministerio de la Palabra.

La legislación dominicana primitiva habla de la gratia praedicationis como un don conferido por Dios (Lib. de las Cost. II,3). Aparte de la humildad, la razón más profunda que motivó las reiteradas renuncias de Domingo al episcopado fue ésta: su propósito de separar el ministerio de la predicación de cualquier otra actividad de gobierno o administración, tanto material como espiritual, propia de los obispos. Domingo quiere la libertad necesaria para ser simplemente predicador, sin verse envuelto en la enojosa tarea de corregir a los clérigos, de entrar en anuncios judiciales, de administrar bienes materiales.

Antes de la fundación de la nueva Orden de Predicadores, el predicador de oficio era el obispo o, con delegación, los prelados y los párrocos, es decir: una persona investida de autoridad y de poder coercitivo, espiritual y hasta temporal. La innovación de Domingo es grande. La verdad evangélica debe ser predicada por un hombre evangélico y con medios evangélicos. La autoridad le viene al predicador simplemente de la misión de la Iglesia, de su ciencia y de su experiencia del Evangelio, de la práctica de la vida apostólica y del fiel seguimiento de Cristo. La predicación es una gracia, un carisma, una vocación sobrenatural, un ministerio dado y respaldado por el Espíritu.

En tercer lugar, la predicación dominicana es una predicación profética. No mira sólo al pasado como un mero recordatorio de lo que sucedió en otro tiempo. Tampoco los frailes predicadores son visionarios del futuro, versión ésta demasiado superficial del profetismo y demasiado en boga en la época medieval. Su mira está puesta sobre todo en el presente desde la profundidad de la contemplación y a la luz de la Palabra de Dios actualizada. Actualizar la palabra de Dios: ésta es la misión fundamental del profeta.

La predicación profética nace desde las entrañas del presente, desde las circunstancias históricas del presente, para iluminarlo desde la fe. Toma en cuenta las circunstancias históricas, las condiciones existenciales de los oyentes, los signos de los tiempos, para anunciar el plan salvífico de Dios y sus implicaciones concretas. La atenta consideración de la historia humana es necesaria para discernir y anunciar la salvación. La predicación profética discierne, desde la perspectiva salvífica, lo que esta muerto o a punto de morir, y lo que esta naciendo o ha nacido ya. Domingo y los primeros dominicos saben que un mundo feudal esta muriendo y un nuevo mundo comunal está emergien-do. Su proyecto fundacional y su predicación se decantan de parte de la sociedad emergente. Tienen una profunda significación profética. El profeta está abierto al futuro y es generador de esperanza. En el centro de su predicación están la fidelidad a Dios y la fidelidad a los hombres.

Al anuncio profético acompaña la denuncia de aquellas situaciones y actuaciones en las que se revela aún la ausencia de la salvación. Pero no es una denuncia catastrófica o apocalíptica, que niega todo futuro de la historia humana. Es una denuncia que cree en el poder de Dios para transformar la historia. Así genera esperanza y conversión, a la vez que abre caminos al Evangelio. Es una denuncia que no oculta la realidad del pecado ni el poder de la gracia. Es una denuncia que procura la reconciliación y la comunión.

La legislación dominicana primitiva pide a los predicadores que, en su predicación,”no pongan el grito en el cielo”, es decir: que no la emprendan contra la Iglesia y sus instituciones, contra la jerarquía y los representantes de la comunidad, como hacían los herejes. Es preciso armonizar la denuncia profética y la comunión, aunque resulte a veces tarea difícil y delicada. La misma fuerza de la Palabra denunciará todo lo que haya de pecado en la Iglesia y sus instituciones. La mejor denuncia es un buen anuncio. El propósito de Domingo no era renovar la Iglesia mediante la reforma disciplinar del clero. Él quiere la renovación de la Iglesia mediante una predicación profética, mediante un anuncio directo de la Palabra de Dios. Esta Palabra se encargará de renovar al mismo clero.

En cuarto lugar, la predicación dominicana es una predicación itinerante y multiforme. Es una predicación itinerante, con la libertad y movilidad propias de quien profesa la pobreza evangélica radical, y puede hacerse presente fácilmente allí donde lo requiere el ministerio de la predicación. La itinerancia es más que una estrategia apostólica; es toda una espiritualidad del predicador. La pobreza que la sustenta no sólo proporciona la movilidad necesaria para predicar en todas partes y a cualquier sector de la sociedad; proporciona, sobre todo, la libertad necesaria para decir la verdad, para proclamar el Evangelio desnudo. El mayor enemigo de una predicación profética es la esclavitud del predicador, las ataduras a intereses personales ajenos al Evangelio. La itinerancia permitió a la primera generación dominicana mantenerse y progresar en la misión y en la predicación de fronteras.

La predicación dominicana es, al mismo tiempo, una predicación multiforme: en sermones solemnes o coloquios comunitarios, en disputas públi-cas con los herejes o en el anuncio primero a los paganos, en concentraciones masivas o en encuentros personales... La palabra escrita es también canal fecundo de predicación, aunque le falte la fuerza y la vitalidad del anuncio oral. La Orden destacó pronto en el ministerio de la enseñanza y de la escritura. La misma celebración de la liturgia fue también para la primera generación dominicana un anuncio vivo de la Palabra de Dios, un lugar de predicación. Domingo apeló a Roma para defender el derecho de sus frailes a tener templos abiertos al culto público, ante la oposición de los canónigos de París, Bolonia...

La predicación dominicana es, sobre todo, una predicación mediante el testimonio de una vida evangélica y apostólica propia de la comunidad dominicana y del fraile predicador. Este testimonio es la forma más fecunda y eficaz de anunciar la Palabra de Dios. Por eso, acertadamente, las primeras comunidades dominicanas fueron llamadas casas de predicación, aún las comunidades femeninas de clausura. La misma comunidad es el primer predicador mediante el testimonio de la vida fraterna.

Finalmente, la predicación dominicana es una predicación de fronteras. Aunque todo tipo de personas son destinatarios de la predicación dominicana, ésta es concebida inicialmente por Domingo como una predicación de fronteras. El ideal misionero que Domingo nunca pudo realizar personalmente entre los “cumanos”, prendió pronto en la primera generación dominicana. Los primeros predicadores tuvieron su mira puesta en aquellos sectores de la humanidad a los que aún no había sido anunciado el Evangelio y en los que aún no estaba establecida la Iglesia. Urgido por las demandas del Papa, Domingo ejerce el ministerio de la predicación particularmente entre los herejes. Urgidos por el carácter fronterizo de la misión dominicana, los primeros frailes predicadores se proyectan pronto hacia la evangelización de los no cristianos.

Como predicación de fronteras, se sitúa en el corazón de la nueva sociedad y de la nueva cultura que emergen: la sociedad urbana y la cultural comunal. No se trata, pues, de fronteras meramente geográficas, pues éstas apenas sirven para definir los límites entre la fe y la incredulidad, entre la Iglesia y el paganismo.

Se trata de fronteras teológicas y culturales. La línea divisoria entre la fe y la incredulidad pasa a través de los mismos fieles, de la misma comunidad cristiana, de la misma cultura cristiana. El concepto de misión no es un mero concepto geográfico; es, sobre todo, un concepto teológico. Domingo tiene muy en cuenta este concepto teológico de la misión.

La predicación dominicana primitiva se coloca en la frontera de la nueva cultura. Esta cultura emergente es la cultura urbana -“el aire de la ciudad hace libres”, decía el adagio del siglo XIII-; es la cultura de las universidades nacientes, la cultura asociacional de los nuevos gremios y asociaciones que se distancian de los viejos modelos feudales y buscan nuevos modelos de democracia y participación. Por eso, Domingo no coloca las comunidades dominicanas en lugares recoletos y aislados, sino en los principales centros urbanos, en los principales centros universitarios, allí donde se gesta la nueva cultura. Ésta es una exigencia de toda predicación profética: estar atenta a los signos de los tiempos, a las nuevas circunstancias históricas, a las nuevas fronteras de la humanidad. La primitiva predicación dominicana destaca precisamente por esta capacidad de insertarse en medio de la sociedad y de la cultura nacientes. No sólo es un nuevo modelo de predicación; es una predicación para un nuevo modelo de sociedad.

Felicísimo Martínez, OP