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Leche de leona

El rey enfermó, y el médico real emitió el diagnóstico que el rey no curaría a no ser que tomase la leche de una leona. El rey estaba dispuesto a tomar la leche. ¿Pero quién traería la leona? Se ofreció la real recompensa. ¿Se atrevería alguien?
Un campesino que habitaba en la selva se ofreció y pidió un tiempo. Él conocía la guarida de los leones, se ganó su confianza con graduado contacto, ofreció tierna caza a la leona y ordeñó su leche. La llevó derecho al rey y le invitó a beberla.
En la corte sobran los envidiosos. Alguien gritó: ¡No es leche de leona! Otro: ¡Es leche de cabra! Otro: ¡Es leche de camella! La sospecha se adueñó de todas las mentes, y el rey se dispuso a castigar al imprudente que por ganar una recompensa real traía leche falsa. Pero el campesino supo defenderse. Dijo al rey: “¿Queréis saber si es de verdad leche de leona la que traigo? Bebedla. Si es de leona os curaréis, y si no, os quedaréis como estáis. ¿No digo verdad?”  Calló la corte. Bebió el rey la leche y se curó inmediatamente. El campesino recibió la recompensa.
Mil dudas en la mente. ¿Será, no será? ¿Resultará, no resultará? Oración, petición, práctica espiritual, ejercicios del alma, fe en el obrar, esperanza en el preservar. ¿Merece la pena? ¿Dará fruto? ¿Será verdad? Mil dudas nos asaltan ante las verdades y las prácticas del espíritu. Y las mil dudas tienen una solución: bebe la leche. Ora, reza, lee, medita. Daño no te hará. Y si te cura, era leche de leona. En vez de llenar la vida de vacilaciones, tengamos sencillamente la decisión de hacer lo que sabemos hacer. Beber de un trago. Y llega la salud.