Veritas
S. Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden, en el siglo XIII ideó un proyecto de vida evangélico: hombres que viviendo los consejos evangélicos se dedicaran integramente a la predicación del Evangelio. Uno de los lemas que definen nuestro modo de vida es veritas. La Orden de Predicadores está comprometida con la búsqueda de la Verdad. Ello significa, en primer lugar, estar comprometido con Dios. Esta es la Verdad que nosotros necesitamos saber y gustar por encima de todo. Conocer a Dios como Verdad es conocer la bondad infinita de Dios, su amor, justicia, piedad, su fuerza y conocerlas no sólo intelectualmente, sino también experiencialmente, esto es, con todo el ser, mente y corazón, cuerpo y alma.
En segundo lugar, necesitamos conocer la verdad de nuestro mundo y la verdad de nosotros mismos. Para ser fieles a nuestro compromiso dominicano necesitamos penetrar más y más profundamente en la verdad de nuestro propio ser.
Conocer la verdad de nuestro mundo significa tomarse en serio el momento de la historia en el que de hecho vivimos. Es lo que hizo Jesús. Cuando leemos el Evangelio notamos hasta qué punto su respuesta a la voluntad de su Padre estaba en las situaciones concretas del propio momento social y cultural de su tiempo. Vivir la fe cristiana dentro de la Orden dominicana es vivir desde la consigna de la Verdad y en la construcción de la fraternidad para que el amor cristiano sea realidad encarnada entre los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Oración
Necesitamos ser hombres de oración en el sentido de orientar la totalidad de nuestras vidas hacia Dios, siendo fieles a la oración comunitaria y privada si queremos conocer la voluntad de Dios para nosotros y llevarla a la práctica. Con nuestras oraciones participamos de la acción de Dios en el mundo.
Nuestra oración tiene tres dimensiones claves:
Contemplar la vida: Cultivando una mirada contemplativa ante la naturaleza, el mundo, las personas. De este modo saboreamos el misterio de la vida, con un corazón contemplativo, obediente, atento y dispuesto a responder en libertad a los desafíos actuales del Evangelio.
Interceder por los demás: Domingo, “hablaba de Dios durante el día y a Dios por la noche”. Durante sus oraciones frecuentemente gritaba llorando “¿Qué será de los pobres pecadores?”. La oración de todo dominico está al servicio de la Predicación. La predicación a quien más lo necesite es una preocupación constante de nuestra tradición. Especialmente se dirige a aquellos que viven en las “líneas de fractura” de la humanidad, y que necesitan una palabra auténtica y honesta, que aliente esperanzas en medio de la violencia y la injusticia, y contribuya a la transformación social de las desigualdades y las discriminaciones. La oración es también el camino de encuentro con los que se han alejado de la Iglesia.
Celebrar comunitariamente la liturgia: Es el centro y corazón de la vida dominicana, fuente de la vida común. El dominico reza en común porque es la comunidad entera quien se une a la oración de la Iglesia; es la comunidad entera la que, haciendo suyo el grito de Domingo, eleva los ojos al Padre y le presenta los sufrimientos de los hombres; es la comunidad entera la que ora por los que no saben, no pueden o no quieren orar. Contemplación y ministerio de la palabra (predicación) son los componentes esenciales del carisma de la Orden, según la intención de Santo Domingo. Por ello, la Orden ha visto estereotipado este carisma en la fórmula acuñada por Santo Tomás: “Contemplata aliis tradere”, (Suma Teológica II-II q.188, a.6) entregar a los demás el fruto de la contemplación.
Estudio
El estudio es uno de los elementos constitutivos de la vida y espiritualidad dominicana. Santo Domingo establece un nexo esencial entre el estudio y la predicación. El estudio dominicano tiene una finalidad esencialmente apostólica. La fuente de estudio del fraile dominico es siempre Dios, hablando y revelándose de mil maneras, sea en la Escritura o la Tradición, en la Creación, en las obras e instituciones humanas, en las otras religiones, y, más plena y definitivamente, en Cristo y su Iglesia.
Hemos de estudiar en los libros, en el periódico, en la realidad social, política y económica, estudiar en los acontecimientos históricos personales y de la comunidad, pero sobre todo al estilo de Santo Domingo, que una vez “interrogado por cierto estudiante en que libros había estudiado, pues le oía predicar de modo tan incomparable y hablar de las Sagradas Escrituras tan agradablemente, respondió: más que en ningún otro, en el libro de la caridad, porque éste lo enseña todo”.
El estudio requiere de todos “una recia disciplina y la aplicación de todas las fuerzas”. Visto de este modo, el estudio tiene un íntimo vínculo con los otros elementos de la vida dominicana. La reflexión, el estudio, la contemplación… son tareas comunitarias, son actividades compartidas por todos los miembros de la comunidad.
Comunidad
La vida de comunión fraterna va a ser la primera predicación de los frailes de Domingo. Por eso, los primeros conventos dominicanos son llamados “Casas de Predicación”. Su mera existencia es ya un anuncio del Evangelio. El vivir los hermanos en comunión es una proclamación viviente del mensaje cristiano. A través de nuestro estilo de gobierno, buscando siempre el consenso somos signo de unanimidad y comunión, signos vivos del Reino. Nuestra palabra tendrá la fuerza de Dios, porque la palabra de cada uno aporta a la hora de planificar, celebrar, revisar nuestro ministerio evangélico, siendo matices de la única Palabra de Dios a la que servimos. Todos juntos formamos a Cristo, somos la Iglesia.
“La gente tendría que poder ver a Jesús en nosotros”, el mundo no atendería fácilmente el anuncio gozoso del Evangelio si no estuviese autentificado por el testimonio de una comunidad que vive la alegría de la fe y predica la gracia.