Quiero ser
Ser fraile dominico hoy


   

Ser fraile dominico, fraile predicador, es la respuesta que algunas personas intentamos dar a preguntas que todo el mundo se hace, o debería hacerse. ¿Quién soy yo? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Cómo son mis relaciones conmigo mismo, con los demás, con el mundo? Estas preguntas, en la medida en que quienes las hacen son seres libres, con capacidad de querer, elegir y decidir, de optar, se convierten en estas otras: ¿Quién quiero ser yo? ¿Qué sentido quiero que tenga mi vida? ¿Cómo quiero relacionarme conmigo mismo, con los demás y con el mundo?

Nuestra respuesta a estas preguntas no es más válida que otras igualmente legítimas. Nuestra respuesta no es mejor, ni más santa o digna que la del marido, el agricultor, el poeta, el biólogo o el astronauta. No me refiero a quienes son alguna de estas cosas profesionalmente, sino a quienes son, sin más apellidos, estas cosas. Es una cuestión de identidad, no de profesión. La identidad es una cosa compleja: en función de los diferentes contextos diré que soy fraile, o profesor, o estudiante, o asiduo lector de Dostoievsky. Pero aunque no siempre sea fácil saber qué es lo que cae dentro de lo que llamamos identidad y qué es un añadido suyo, existe en nosotros algo que somos más de fondo, algo más fundamental. Algo que incluso a veces a pesar de nosotros mismos pugna por salir. Es así porque nuestra respuesta, como la del astronauta, es la respuesta a una vocación: a una llamada, a un don. Se diría que se nos ha concedido lo que somos, que está como plegado, contenido en nosotros: nuestra tarea consiste en trabajar para explicarlo, desplegarlo, en poner los cauces y los medios para que crezca, para que se desarrolle. No en vano los antiguos situaron en esto el quicio de la sabiduría: conócete a ti mismo. La tarea de ser fraile dominico es la tarea de ser plenamente hombre… o al menos de intentarlo.  


Para saber reconocer lo que se nos ha concedido, para llegar a discernir prudentemente qué es eso contenido en nosotros que hemos de intentar llevar a plenitud, necesitamos unas mínimas condiciones. Necesitamos silencio. Un silencio que no es tanto, aunque también, la ausencia de ruidos a nuestro alrededor. Un silencio que es quietud del ánimo, que es el resultado de la sinceridad para con nosotros mismos, resultado de la consideración de nuestras verdaderas motivaciones. Es un silencio expectante, que escucha. Necesitamos poner cierto orden en nuestra vida interior, necesitamos cuidarla, atenderla en lo que es necesario. Ser fraile dominico es gustar ese silencio, cultivarlo. Necesitamos humildad, que no es la actitud del que se desprecia a sí mismo pensando erróneamente que con ello conseguirá alguna recompensa. La humildad es esa virtud de quienes saben tener para consigo mismos una justa medida: necesitamos ser conscientes de nuestras capacidades y debilidades. Necesitamos querernos a nosotros mismos, necesitamos una sana autoestima: no somos dioses, pero tampoco amebas. Es en nuestras capacidades, en nuestras debilidades, donde encontraremos la clave para saber quiénes somos, para seguir trabajando en quiénes queremos ser. Ser fraile dominico exige esa humildad.


Necesitamos libertad, independencia de todo aquello que nos impide ahondar en y decidir sobre aquello a lo que hemos sido llamados. No se trata tanto de una libertad que haya que buscar contra otras personas, o contra las cosas que nos atan. La libertad no se busca contra, se construye desde: desde la inclinación de nuestra propia voluntad. La libertad de la que hablo es la de quien forja duramente su carácter, la de quien no subestima la relevancia de sus pulsiones y sentimientos, despreciándolos, ni les concede el dominio absoluto sobre su persona. Es la libertad de quien sabe que la más férrea de las cadenas es la que nosotros mismos nos ponemos al cuello. Ser dominico es querer ser libre, avanzar cotidianamente en la conquista, en la construcción, de esa libertad a la que hemos sido llamados.
Además necesitamos compañía. No es un camino que hayamos decidido hacer solos. Sabemos que el otro, el hermano, el amigo, nos devuelve a veces una imagen de nosotros mismos más sincera que la que fabricamos para autocomplacernos. Nuestros castillos de naipes se derrumban al soplo de la palabra del otro, de la realidad del otro. Nuestra verdad se pone a prueba en nuestra convivencia con el otro. Lo que verdaderamente estamos llamados a ser es siempre algo en relación con los otros. La convivencia destruye la falsa hipótesis del individualismo feroz. Existe la región “inaccesible” del individuo, la sensación de soledad ante determinadas decisiones, o ante determinados padecimientos. Es una verdad irrefutable: nadie puede vivir lo que nos corresponde vivir a nosotros. Pero eso no debe conducirnos a la exclusión del otro. Sin el otro no somos nada, o mejor, sin el otro no somos nadie.


No queremos al otro como quien quiere a un instrumento que nos ayuda a crecer. El otro, naturalmente, puede ser ayuda para mi crecimiento. Pero queremos al otro porque, de alguna manera, no solamente estamos llamados a ser con el otro, sino a ser para el otro. El hijo no es solamente la distracción de la madre: las distracciones por sí solas no constituyen el sentido de una vida (en esto consiste precisamente el significado de la distracción, en no ser lo central, en ser cierta distancia con respecto a ello). El hijo es el sentido de la vida de la madre porque la madre se desvive por el hijo, vive para el hijo. El amigo da sentido a nuestra vida no sólo porque sea un compañero, en el sentido de alguien que va con nosotros, que nos acompaña. Mucho más importante es que el amigo es sentido de nuestra vida cuando vivimos para el amigo, cuando dejaríamos parte de nuestra vida para que él la tuviese. Los frailes dominicos tenemos un ideal difícil: el sentido de nuestra vida son los otros, vivimos para ellos. Hemos descubierto que en lo más hondo cada uno de nosotros es hermano de cualquier otro humano. Nuestro trabajo consiste en hacer que esa realidad se desarrolle lo más plenamente posible. Soy consciente del tenor utópico de lo que digo. Pero nuestra utopía se basa en una esperanza bien fundada. Una esperanza fundada, no en la imaginación o la pura fantasía, sino en la experiencia, en la realidad. Vemos que somos más plenos en la amistad, en nuestra vida fraterna, cuando vivimos para el amigo, para el hermano, y no sólo con ellos. Y eso no ocurre en otra vida, ni es promesa de un más allá que desconocemos. Ocurre ahora. Tenemos la experiencia de que a veces es más grato dar, darse, que no solamente recibir.
Por eso queremos trabajar para construir esa comunidad fraterna entre los humanos. Los otros son, en primer lugar, aquellos frailes con los que vivimos, con los que intentamos construir esa comunidad bajo un mismo techo, o en una misma institución. Pero la cosa no se queda ahí: el nuestro no es un club exclusivo, nuestras casas no deberían estar cerradas sobre sí mismas. Sentimos que debemos pregonar a bombo y platillo aquello que hemos hecho posible, en mayor o menor medida, en nuestras casas, en nuestras vidas. Hemos salido de nosotros al otro: ahora hemos de salir de nuestra comunidad a la comunidad de los humanos. Si hacemos real entre nosotros el perdón, hemos de comunicar al mundo que el perdón es posible, que nosotros lo hemos vivido. Si hemos vivido la libertad hemos de gritarlo al mundo: ¡podemos seguir construyendo la libertad, nosotros hemos conseguido ser un poco más libres! Nuestras comunidades, nuestra vida, no son ejemplos a seguir. No se trata de que los demás tengan que vivir como nosotros. No es ese el sentido de nuestras vidas. Lo que importa no somos nosotros, sino lo que nosotros podemos poner de manifiesto. Si hemos visto que nuestro gozo mayor está en amar, esa será nuestra buena noticia para las otras personas, sea cual sea su vocación: hemos de llevar nuestra alegría al astronauta, al barrendero, al biólogo, al agricultor o a la madre. Hemos de decir al humano: ¡ama y serás plenamente humano! ¡Nosotros ya hemos experimentado esto en cierto grado!


Algunos se quedarán extrañados: ¿y la oración? No nos ha hablado del rezo, ni del oficio coral. ¿Y el estudio? No nos ha dicho qué tenemos que estudiar para ser dominicos. Tampoco nos ha hablado sobre los votos. ¿Qué hay de la pobreza, la castidad, la obediencia? Sobre todo algunos estarán extrañados, preguntándose: ¿y Domingo de Guzmán? ¿y Dios? ¿Y Jesús de Nazaret? No nos ha dicho nada sobre estas cosas. Bueno, llevo todo el tiempo hablando de ellas. Porque ser fraile predicador significa, también, poder experimentar al Dios creador en todas sus creaturas, y de manera eminente en nuestro interior, en nuestro hermano. Cuando el estudio nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos, cuando el estudio nos muestra parte, aunque minúscula, de la sabiduría con la que han sido creadas las cosas, ¿no estamos experimentando a Dios, participando de su misma vida? Seguir a Jesús, para el fraile, implica trabajar en la construcción de esa comunidad fraterna de la que he hablado: mediante el estudio, la enseñanza, la predicación, mediante la denuncia de las injusticias, de las faltas de libertad. Hemos de gritar cuáles son las cadenas del humano, para que el humano pueda liberarse. Y el amor. El Amor mayúsculo. ¿No es acaso el objetivo de los votos que profesamos, caminar hacia la plenitud del amor? Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás, con las cosas del mundo… ¿no hablan acaso de eso los votos? ¿No habla acaso de todo eso el Evangelio, siempre tan humano? Dios se hace presente en nuestras vidas a través de todo ello. ¿No predicaba Domingo la gracia, el amor inmenso de Dios para con nosotros? Para el fraile predicador es sencillo y a la vez complejo: en todo lo humano se pone de manifiesto lo divino. Intentar llevar a plenitud lo humano es tanto como intentar participar de la vida bienaventurada de Dios: ese es el designio con el que hemos sido creados.
Ese es el camino, apasionante, que quiere andar el fraile dominico.

Fr. Moisés Pérez Marcos, OP

 

¿Qué buscáis?
 
La actitud de búsqueda y el deseo profundo de redirigir la existencia cotidiana hacia otro estilo de vida, me motivó a asistir al encuentro “Venid y veréis” que organizaron los Frailes Dominicos de España, del 13 al 15 de noviembre del 2009 ¿Quiénes asistieron? ¿Cómo fue la experiencia? ¿Qué buscamos? Asistimos un grupo de ocho jóvenes con gran entusiasmo ante la invitación: ¡venid y veréis!
 
El primer día, se inició por la noche con una cena donde fuimos recibidos por los Frailes Dominicos cordialmente en el convento de San Pablo, en Valladolid. Es necesario enfatizar en el adjetivo cordialmente, cuyo significado es “que tiene virtud para fortalecer el corazón”, porque los Frailes a través de la bienvenida que nos dieron concretizaron ese adjetivo.  La casa, el hogar, constituyen uno de los espacios íntimos que tiene el ser humano para desarrollarse y crecer, por eso fue muy significativo que los frailes permitieran que entrásemos en su convento para convivir y compartir nuestra búsqueda de reencausar nuestros proyectos de vidas.
 
Es sumamente valioso que un amigo, amiga te invite a su casa porque es una muestra fraterna de encuentro. Los Frailes nos hicieron partícipes de su dinámica cotidiana que nos permitió ser testigos del desarrollo de su vida como dominicos. Lo interesante del encuentro fue constatar que durante nuestra estancia actuaban con naturalidad, fraternidad, mostrándonos auténticamente el modo de vivir cotidiano de un dominico.
 
El segundo día, inició a las 8:00 hrs. con nuestra participación en los laudes y la eucarística en la imponente Iglesia del Convento de San Pablo. Luego, desayunamos con los frailes para continuar con la jornada de reflexión que empezó con una introducción bíblica sobre las últimas palabras de Cristo en los evangelios: “¡Tú sígueme!” (Juan 21, 22); la invitación: “Al pasar, Jesús vio…” y Leví, “se levantó y lo siguió” (Marcos 2,14); también se hizo alusión a las siguientes preguntas de Jesús: “Para vosotros, ¿quién soy?” (Marcos 8,29), “¿Me amas?” (Juan 21, 15-17).
 
Seguidamente, realizamos una reflexión individual y posteriormente una puesta en común, donde el diálogo implicó acuerdos, desacuerdos, controversias pero sobre todo fue un espacio para compartir nuestras dudas, creencias y argumentos sin perder de vista que ante las opiniones del otro, por mucho que nos agraden o desagraden las respetamos y no causaron divisiones porque es más fuerte el Espíritu que nos une.   
 
La comida y recreación fueron momentos privilegiados vivenciales que nos permitieron enterarnos de la importancia de la comunidad en la vida de un dominico. La conversación, las atenciones, los gestos de cortesía y la alegría durante la comida son un signo de cómo los seres humanos en la mesa compartimos agradecidamente los alimentos.
 
 
La tarde del segundo día, hubo una mesa redonda con cuatro Frailes de distintas generaciones. Estos explicaron cuál ha sido su vivencia como dominicos, cada uno de ellos ejerce el ministerio de la predicación en distintos oficios, formas y ámbitos profesionales. Hombres de oración e intelectualmente muy bien formados. Lo fascinante de este diálogo fue observar y escuchar la pasión con que hablan sobre cómo han transcurrido sus vidas dentro de la Orden de Predicadores. Este día concluyó con un cine-forum sobre la película "Señales".
       
El último día, iniciamos con la oración, posteriormente continuamos con la dinámica en grupo con tiempo personal, sobre “Zaqueo: el encuentro de un amigo” (Lc 19, 1-10). Esto permitió plantear la pregunta ¿qué buscáis? Al respecto he contestado: encarnar en la mi vida cotidiana la invitación de Jesús a ser una persona que fundamenta sus acciones en el amor.  
 
Los prenovicios durante todas las actividades de nuestra estancia en el Convento estuvieron prestos a atendernos. Esperamos en un futuro poder hablar más con ellos sobre sus experiencias en la iniciación de la vivencia dominica.
 
Finalmente, comparto la acción de gracias que exprese durante la eucarística del último día de encuentro: "Buenos días Padre Dios. Doy gracias porque en la persona de Jesús, continuo aprendiendo que Dios es amor; gracias por la inquietud que continuas generando en mí ante las situaciones adversas donde pareciera que existe ausencia de las promesas del Reino. Gracias por el espacio de discernimiento donde estoy permitiendo dejarme seducir ante la invitación: “hoy tengo que hospedarme en tu casa” (Lc 19,1-10). Gracias Jesús, porque en el compartir de lo que somos y tenemos en estos días de diálogo con Carlos, Xabi, Alexis, Jon, Leopoldo, Chema y Marcial, fortalezco mi sentido de pertenencia a la Iglesia.
 
Gracias, Fray Xabier Gómez por tu labor en el encuentro y a la comunidad de Frailes del Convento de San Pablo.
 
Madrid, a 15 de noviembre de 2009.
 
Fraternalmente,
Humberto Miranda