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La aventura de la doctrina

Fr. Timothy Radcliffe OP

 

La aventura de la doctrina

Ciertamente es un gran placer para mí volver de nuevo a España, pero por favor perdonad mi español. No he hablado en español durante mucho tiempo y casi lo he olvidado. Me han pedido que os hable sobre los retos para la predicación del evangelio, y para ello voy a comenzar con la gran recomendación de predicar que hallamos al final del evangelio de San Mateo. Jesús dijo a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19 ss.).


Esta es el gran mandato misionero del Nuevo Testamento. Contiene tres elementos: la bienvenida a la comunidad, la doctrina –sobre todo sobre la Trinidad- y la enseñanza de la obediencia a los mandamientos de Jesús. Estos elementos son intrínsecos a nuestra misión en el siglo XXI.


Fijémonos en la comunidad. Me encanta la imagen de amasar el pan. ¡Como buen dominico, me gusta más la idea de hacer el pan, que el hecho de hacerlo! Estirar la masa
todo lo que sea posible y volver a recogerla hacia el centro. Los bordes de la masa vuelven a recogerse una y otra vez hacia el centro y de nuevo vuelven a estirarse. Así es como se prepara el pan y así es como se construye la comunidad eucarística, alargando la mano a los que están en los límites más lejanos y reuniéndoles en el centro de la comunidad. La comunidad cristiana es algo paradójico ya que precisamente su centro es el que había sido echado fuera, el que había sido expulsado del campamento. Y por tanto son los despreciados, los fracasados, los rechazados, los marginados a quienes debemos reunir en el centro, lo mismo que hacemos con la masa a la hora de meterla en el horno.
 
Para mí, un momento simbólico de todo esto fue el entierro de un amigo mío llamado Benedict. Una de mis preocupaciones a principio de los años ochenta fue la respuesta de la Iglesia al problema del Sida. Los Dominicos organizamos una conferencia, que por cierto tuvo un éxito sin precedentes, a la que acudieron médicos, enfermeras, personas con sida, capellanes, teólogos. Quise escribir un artículo para The Tablet titulado “El cuerpo de Cristo tiene Sida”, y para ello me fui a hablar con el mejor experto en sida de Inglaterra,  que en ese momento trabajaba en un hospital de Londres. Al final de nuestra conversación me dijo que había un hombre joven en la sección de enfermos de Sida que estaba muriéndose, se llamaba Benedict y había estado preguntando por Timothy y nadie sabía quien era el tal Timothy. ¿Acaso era yo? Fui a verle, y resultó que efectivamente, él había estado presente en nuestra conferencia. Pocos minutos antes de su muerte me pidió si podría celebrar su funeral en la Catedral de Westminster. En aquellos días, cuando el Sida aún era poco conocido, esto era una temeridad, pero sin embargo, conseguimos permiso de las autoridades para hacerlo. Su féretro, justo en el medio de la  Iglesia católica más importante de Inglaterra, era un símbolo de lo que la Iglesia está llamada a ser. Estaba rodeado de la gente ordinaria que acudía a la misa diaria, así como de personas con sida, enfermeras, doctores y amigos gays. Aquel que había estado en la periferia, debido a su enfermedad, y a su orientación sexual y sobre todo porque ahora estaba muerto, estaba en el centro, y reunidos en torno a su cuerpo los sencillos y los excluidos.  


Está  claro, por tanto, que pertenece a nuestra misión el ser comunidad y una comunidad un tanto extraña. Pero no quiero detenerme mucho en esta idea de comunidad ya que en la Europa moderna la idea de comunidad está ampliamente aceptada. Tony Blair nombró un ministro de la Comunidad, y todos nosotros pertenecemos a la Comunidad Europea. Y por tanto es una idea a la que la mayoría de la gente está instintivamente abierta. Me gustaría en cambio fijarme en los otros dos elementos  de la predicación que son más difíciles de entender para nuestra sociedad: la doctrina y la visión moral.  
La doctrina es vista con frecuencia como lo doctrinario. Al menos en Inglaterra es una arrogancia intentar imponer tus doctrinas a otra gente. Los pensadores de la Ilustración eran ilustrados porque fueron capaces de liberarse a sí mismos de las doctrinas del pasado, especialmente del dogma católico. Estaban dogmáticamente opuestos al dogma. Comentaba en una ocasión G.K. Chesterton: “Solamente hay dos clases de personas, los que aceptan los dogmas y son conscientes de ello, y los que aceptan los dogmas y no son conscientes de ello1”. Él defendía que los seres humanos son animales que hacen dogmas. “Los árboles no tienen dogmas. Los nabos son particularmente tolerantes”.  


Sin embargo, la mayoría de la gente educada piensa que las doctrinas son para los niños. Los adultos piensan por sí mismos. Pero por otra parte en todas partes del mundo existen grupos de fundamentalistas – religiosos o seculares - que de hecho son dogmáticos en el peor de los sentidos, coloreando el misterio de Dios con algunas frases sencillas, haciendo que la gente en su desesperación lo devore.  


Quizás el primer reto para la misión de la Iglesia es este: Ser Iglesia misionera es ser  Iglesia que enseña. Pero ¿cómo podemos enseñar sin volvernos intransigentes y fundamentalistas? ¿Cómo podemos predicar las grandes doctrinas de la Iglesia como fascinantes y vivificadoras? Esto es lo que voy a considerar hoy. Y más tarde consideraré el otro gran reto para nuestra misión: ¿Cómo podemos ofrecer una enseñanza moral que no sea moralizadora? ¿Cómo podemos ofrecer una visión moral fuerte que sea madura y liberadora?
Cuando estaba pensando en estas cosas, miré por la ventana de mi celda en Blackfriars de Oxford y me di cuenta que el gran mostajo o mostellar estaba comenzando a echar hojas. Estaba lleno de vida. De hecho, amenaza con invadir mi cuarto si no tengo cuidado. Este árbol es majestuoso desde la última hoja de su copa hasta sus raíces más profundas. Es todo un mostajo. Pero se mantiene vivo porque está abierto más allá de sí mismo, a algo que no es árbol. Sus hojas están abiertas a la luz del sol que la convierten en azucares. Están abiertas a la lluvia, que lo refresca, al viento que le da forma. El árbol está abierto a las palomas que anidan en él y que no dejan de arrullar y de aparearse. Su corteza es su cara viva, y sus raíces se hunden en el suelo buscando alimento. Esta fue una imagen que también suscitó la imaginación de Jesús: “¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas” (Lc. 13, 18 ss.).


Lo que más me sorprende a mí de este árbol es que es majestuoso pero solamente florece por estar abierto más allá de sí mismo. Un árbol que estuviera herméticamente cerrado  al mundo exterior  moriría. Esto es aplicable también a la Iglesia: debe ser sincera consigo misma, y no dejarse llevar por cualquier moda pasajera, debe estar enrizada en la tradición. Pero solamente estará viva si se abre más allá de sí misma. Sus hojas han de estar abiertas a todo lo que nuestros contemporáneos piensan y sienten, a sus preguntas e inquietudes y a sus gozos. Debemos estar abiertos a lo que ellos viven y aman. De lo contrario la Iglesia morirá.


Debemos resistirnos a la cómoda seguridad del gueto y a la pasividad de la asimilación. Este ha sido el reto que se le ha presentado al Judaísmo durante siglos. Jonathan Sachs escribió un libro conmovedor, ¿Tendremos nietos judíos? ¿Tendremos nietos cristianos? ¡Al menos como frailes dominicos la mayoría de nosotros no tenemos nietos con lo cual tenemos una preocupación menos!
Lo que yo quiero sugerir esta mañana es que la doctrina es algo capital para nuestra misión. Es nuestro hogar. Es el credo en el que hemos sido bautizados. Hubo un viejo dominico irlandés llamado el Cardenal Brown. Había sido Maestro de la Orden y Teólogo del Papa. De niño había sido bautizado de emergencia por una monja anciana. Ya de mayor la estuvo buscando para darle las gracias. Ella le dijo, “Eminencia, fue un gran honor para mí haberle bautizado… en el nombre de Jesús, María y José”. De repente pensó él: ¡si nunca fui bautizado adecuadamente, entonces no estoy ordenado y lo peor de todo, no soy Cardenal!


En fin, ¿qué  tiene que ver la doctrina de la Trinidad con el siglo veintiuno? ¿No se tratará acaso de oscuras matemáticas celestiales, gente contando los ángeles que caben en la punta de un alfiler? ¿Qué puede significar esta doctrina para los jóvenes que tienen que vérselas con el desempleo, la violencia callejera de las grandes ciudades, el diálogo con los musulmanes? Pienso que es el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestro mundo de hoy. No hay ningún ser humano que no busque de alguna manera el amor. Para la mayoría de la gente eso significa el estar vivo. En la Trinidad descubrimos el misterio del amor que buscamos.  


Aquí  tenemos un amor de perfecta igualdad, libre de cualquier dominio o manipulación. Se trata de un amor que es absolutamente despatriarcalizado, que da la existencia al amado sin perder el propio ser. Es el amor por el que el Padre da todo al Hijo, incluso la divinidad y la igualdad. Cuando un adolescente se enamora por primera vez, en ese mismo momento está emprendiendo el estudio de la Trinidad. Cuando los padres aprenden a amar a sus hijos y les ayudan en el largo camino hacia la madurez, eso es amor trinitario en acción.  
Pero ciertamente este es un dogma que solamente podremos compartir con los otros en la conversación. De hecho la palabra “homilía” proviene de la palabra griega “conversación”. Todo esto es así porque la Trinidad es la conversación eternamente amable e igual del Padre y del Hijo, que es el Espíritu Santo.  


Y esta es la razón por la cual nuestro Dios se hizo humano en un hombre de conversación. Todo el evangelio de San Juan es una serie de conversaciones en las que Jesús habla con Nicodemo de noche;  habla con la mujer samaritana en el pozo, con el consiguiente escándalo para sus discípulos que se sorprendieron porque estaba hablando con una mujer de mala reputación; habla con el ciego de nacimiento, cuando todos los demás se conforman con hablar de él. Toda la última cena es una larga conversación en la que responde a las preguntas de la gente y les propone también algunas cuestiones. Conversa cuando camina, cuando come y bebe. Conversa con Pilatos hasta que la muerte le impone silencio, pero en la mañana de Pascua conversa de nuevo con María Magdalena, llamándola por su nombre, preguntándola y enviándola a hablar con sus discípulos. ¡El día de pascua, la conversación es resucitada de entre los muertos!


Existe un cierto nerviosismo cuando se equipara la predicación con el diálogo. En el Sínodo sobre Asia, los lineamenta propuestos por el Vaticano ponían el diálogo en segundo lugar después de la proclamación. Causaba un cierto nerviosismo que si priorizábamos el diálogo, entonces pudiéramos caer en el relativismo. Sin embargo, esta es una falsa dicotomía. El único modo de proclamar la buena nueva del Dios Trino es a través de la conversación. El medio es el mensaje. Hacerlo de otra manera sería como golpear a la gente para que se conviertan en pacifistas. El diálogo no es una alternativa a la predicación. Es el único modo de predicar. El Papa Benedicto en su última Encíclica Caritas in veritate, argumenta: “En efecto, la verdad es “logos” que crea “dia-logos” y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres y mujeres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas” (4).


No puede darse verdadera conversación sin conversión. Las palabras tienen la misma raíz. Sin embargo, todos  nosotros nos convertimos cuando se da un auténtico diálogo. ¡Si yo dialogo con un musulmán o con un ateo, lo hago con la esperanza de que tanto él como yo nos convirtamos! Pierre Claverie, el obispo dominico de Orán en Argelia, dedicó toda su vida a dialogar con los musulmanes. Fue un proceso constante de conversión para él, descubriendo a Cristo en sus amigos musulmanes. Fue también una conversión para sus amigos. Algunos se hicieron cristianos, poniendo en riesgo sus propias vidas, y otros se convirtieron en mejores musulmanes. Está en las manos de Dios el modo como esto sucede. Cuando murió, una mujer presente en su funeral se puso de pie y dijo que él era también el obispo de los musulmanes. Y entonces toda la asamblea de sus amigos musulmanes profirió lo mismo.  
Estoy profundamente convencido que la misión de la Iglesia de este siglo en Occidente depende de nuestro redescubrimiento del entusiasmo de la doctrina. Por ejemplo, la Trinidad  puede que sea un misterio que sobrepasa nuestro entendimiento, pero como dice Tom Groome del Boston College, es el misterio que lo explica todo.
Es una doctrina que necesariamente nos sorprende siempre, ya que es nuestra participación en la vida del Dios que hace todas las cosas nuevas. Es nuestra visión fugaz  del Dios que es, como dice Santo Tomás, acto puro, totalmente dinámico. Santo Tomás incluso se pregunta  perplejo si la palabra “Dios” no sería mejor entenderla como verbo que como nombre. Como decía Chesterton, la ortodoxia es siempre una aventura. Es siempre sorprendente, un destello de la vida para la que hemos sido hechos, como lo fuimos la primera vez. De lo contrario se convierte en lo que Karl Rahner llamaba la herejía de la ortodoxia muerta.  


Normalmente nuestros modos de ver el mundo son profundamente dualistas: el día/la noche; lo blanco/lo negro; lo masculino/lo femenino; el cuerpo/el alma. ¡Con frecuencia estos dualismos marcan los contrastes que dan identidad a las personas: nosotros/ellos; correcto/incorrecto; Republicano/Demócrata; izquierda/derecha; Jesuita/Dominico! Nuestra política, nuestros deportes, nuestros amores y nuestros antagonismos son normalmente dualistas. Sin embargo, encontrarnos sumergidos en un amor Trinitario significa estar liberados incluso de estos contrastes. Nos encontramos a nosotros mismos dentro del amor del Padre por el Hijo, y del Hijo por el Padre, que es el Espíritu Santo. Este es un amor totalmente recíproco y fructífero más allá de sí mismo. Por tanto, encontrarse dentro de la vida de la Trinidad nos lleva más allá de los límites de los pequeños caprichos pasajeros y antagonismos que limitan a los seres humanos. Somos conducidos  a un espacio cada vez más amplio.
De esta manera la Iglesia solamente podrá prosperar y florecer si entablamos conversación de una manera imaginativa con nuestros contemporáneos. Alistair McGrath  decía que el ateismo fue capaz de captar la imaginación del siglo diecinueve. Se presentaba como la gran liberación de un Dios autoritario. Sin embargo, los regímenes sin Dios  del siglo veinte han mostrado que el ateismo ha conducido a los campos de exterminio y a los campos de concentración. La cuestión es si nosotros seremos capaces de captar la imaginación de nuestros jóvenes de hoy, lo cual significa también si nosotros seremos capaces de dejarnos captar por su imaginación.  


Hubo un sacerdote joven en Cracovia llamado Karol Wojtyla que era conocido como poeta y dramaturgo. Cuando el Primado de Polonia, el Cardenal Wyszynski, estaba buscando un nuevo obispo auxiliar para Cracovia, Wojtyla era el último en su lista. Era un soñador, un poeta, un hombre con la mente en las nubes. Wyszynski estaba buscando a alguien que pudiera luchar contra los comunistas, con astucia política. Los comunistas estaban a favor de Wojtyla por esas mismas razones, por eso les encantó cuando fue nombrado. Pero resultó que Wojtyla creía en el teatro y en la poesía de la resistencia. Creía que el mejor modo de oponerse al Comunismo era cautivando la imaginación de los Polacos, dándoles bellas palabras. Cuando los Polacos pudieran imaginar de nuevo un mundo diferente, un mundo luminoso, entonces el mundo aburrido y lóbrego del comunismo se derrumbaría.  


La predicación tiene lugar en el encuentro de la tradición con la imaginación contemporánea, con sus dudas, sus preguntas, con su experiencia y sus alegrías. No importa si la gente que nos inspira son cristianos o no, lo que importa es que son gentes que piensan, buscan y sienten. Mi hermano Chrys McVey citaba el libro del Éxodo 33,7: “Todo el que tenía que consultar a Yahvé salía hacia la Tienda del Encuentro que estaba fuera del campamento”, y comentaba: “es fuera del campamento, en todas las Galileas que nos rodean, donde descubrimos lo que es la misión: estar en misión es estar fuera del campamento. Y descubrir con los otros todo lo que hace referencia a Dios”2. Cuando los dominicos franceses querían construir una nueva casa para los estudiantes cerca de Lyón, propusieron como arquitecto a Le Corbusier. Alguien objetó diciendo que no era cristiano, pero le contestaron, “no importa. Es el mejor arquitecto de Francia”.


Dorothy Day decía que su vida estaba fundada sobre las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia y sobre la lectura de novelas: Dostoevsky, Tolstoy, Gorki: Me gustaría que la gente dijera “realmente amaba esos libros”…Este es el sentido de mi vida – vivir con arreglo a la visión moral de la Iglesia y a la de algunos de mis escritores favoritos… considerar seriamente a estos artistas y novelistas, y poder vivir de su sabiduría”3. Uno de los enemigos de la fe es la vanidad, lo prosaico y lo perogrullesco. Cualquiera que despierte nuestra imaginación puede ser nuestro aliado.


Cuando estaba volando con destino a Sidney, volví a ver la maravillosa película Los Hijos de un Dios menor, es la historia de un hombre que enseña en una escuela para sordos y que se enamora profundamente de una bella mujer enfadada que estaba confinada en su propio silencio. Llegado un cierto momento ella le canta: “A menos que tu me dejes ser un “Yo” como tu eres un “Yo”, no puedo permitir que tu entres  en mi silencio para conocerme”. Y pensé “Exacto. Qué descripción más profunda del amor. Esto es lo que significa la Encarnación”. Y salí corriendo por el pasillo, con lágrimas en mis ojos, para pedir a la azafata un trozo de papel donde poder anotar esto. Posiblemente ella pensó, “otro trastornado que se ha pasado con la bebida”.


Por tanto, la enseñanza firme, la doctrina sana, es siempre una incursión en el terreno de lo desconocido, un estar expuesto a la novedad de Dios. El amor Trino nos libera de las fáciles dicotomías a las que nos tiene acostumbrados nuestra cultura: verdadero/falso; progresista/conservador. El amor del Padre por el Hijo y el del Hijo por el Padre es siempre una liberación en el Espíritu desconocido, que nos empuja más allá de antagonismos y apasionamientos fáciles e introvertidos. Es la voz del Buen Pastor que nos llama a salir de la seguridad de nuestros pequeños rediles hacia praderas más amplias. Tom Beaudoin  de la universidad de Fordham escribía: Buscamos la fe en medio de profundas ambigüedades teológicas, sociales, personales y sexuales”4. Mostramos nuestra confianza en la tradición, en Agustín y el Aquinate y en los Padres Orientales, precisamente atreviéndonos a aventurarnos en ciertas ambigüedades y en no estar seguros donde acabaremos. Como nos advertía el Cardenal Richelieu: “Allá tu si abandonas las ambigüedades”.


La Teología solamente estará viva si nos atrevemos a jugar con las ideas, a lanzar hipótesis para ver si funcionan. Necesitamos libertad para decir las cosas aunque sea de manera imperfecta mientras buscamos cómo decirlas bien. El Maestro Eckhart decía que nadie consigue la verdad si no es cometiendo cientos de errores a lo largo de todo el proceso. Solamente podremos conseguir el sentido de la creatividad libre de Dios si tenemos la libertad de jugar con las ideas.  

Esto quizás pueda parecer algo muy académico, lejos de los asuntos ordinarios de la predicación del evangelio, de la preparación de las homilías dominicales, y de los grupos de discusión, pero creo que esto es fundamental para el progreso de la cristiandad en un mundo en cambio, puesto que todo depende de si nosotros podemos compartir con los jóvenes nuestro asombro por el Dios siempre nuevo. ¡Esto es doctrina sana y vigorosa!


Para que esto suceda, necesitamos buscadores fieles en nuestra Iglesia. Estos serán totalmente diferentes de los escépticos iluminados, que están siempre observando de lejos, mirando a los demás con ojos de sospecha, y dudando de todo. Este escepticismo radical fue necesario para el nacimiento de la ciencia moderna, por lo cual les estamos profundamente agradecidos, pero es mortal para la vida de la Iglesia. Siendo yo  Provincial había un hermano en el consejo que nunca decía nada durante nuestras largas discusiones. Se limitaba a estar sentado en una esquina, mirándonos escépticamente. Y cuando habíamos acabado, después de haber votado, siempre decía: “Esta discusión estaba mal encaminada desde el principio, y por lo tanto me desvinculo totalmente de las decisiones tomadas”. ¡Esto me sacaba de mis casillas!


El buscador fiel necesita estar profundamente enraizado en su comunidad. Pienso en gente como Yves Congar, Marie-Dominique Chenu, Edward Schillebeeckx, Henri de Lubac, Karl Rahner, Gustavo Gutiérrez, Felicísimo. Seguramente no sea una simple coincidencia que todos ellos eran Jesuitas o Dominicos, miembros de comunidades religiosas que les apoyaban en sus inquietudes. Cuando Congar se preguntaba cómo había podido él aguantar el destierro y el rechazo en los años cincuenta, concluía: “le fait des frères en fin”5. “Es el hecho de los hermanos, en definitiva”. Nuestros propios contestatarios fieles, siempre en busca de algún destello del misterio del amor Trino, necesitan ser acompañados, nunca abandonados, sobre todo cuando no estamos de acuerdo con ellos. De lo contrario la hoja puede caerse y nosotros habremos perdido su alimento. Ellos solamente podrán sobrevivir si están expuestos al sol, al viento, a la lluvia e incluso a las manchas accidentales de los excrementos de los pájaros, si están apoyados por una vida cristiana y por sus hermanos y hermanas.


Una de las barreras instintivas contra nuestra fe es el supuesto de que la Cristiandad es una reliquia de épocas oscuras, antes de que la humanidad hubiera crecido y comenzado a pensar racionalmente. Nuestras creencias en Dios y en los milagros son reliquias de una época de supersticiones. Sin embargo el Papa Benedicto, en su controvertido discurso de Regensburg,  señalaba que la llamada Época de la Razón significó el triunfo de una comprensión empírica particularmente restringida de la razón. Es una racionalidad apocada, que no puede reflexionar sobre cuestiones fundamentales de sentido, como son el origen y el destino de la humanidad, la naturaleza de la felicidad y de la libertad humana. Nada puede ser considerado como científico hasta que no haya sido medido y probado. A pesar de todos sus maravillosos logros tecnológicos – y conste que yo disfruto mucho de mi Iphone – nuestra sociedad es bastante infantil en lo que se refiere a los grandes temas. Por eso, concluye el Papa: “Hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza: este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo”6.
El problema es que aunque nosotros los católicos decimos que creemos en la razón, con frecuencia no parece que realmente lo hagamos. No siempre actuamos como gente que cree que a través del diálogo podemos comprometernos con gente que piensa de modo diferente al nuestro y así llegar a la verdad. Sin embargo, este debiera ser uno de los mejores regalos que podemos ofrecer a una sociedad que busca desesperadamente un sentido y un significado al propio destino.  


Permitidme que enseñe la oreja. Sospecho que en algunas Iglesias, incluyendo la nuestra, fallamos debido a tantos silencios. Valoramos tanto la unidad de la Iglesia que con frecuencia tenemos miedo a buscar la verdad por temor a crear divisiones. Pero si de verdad creemos que la razón y la fe no son incompatibles, entonces no tendremos miedo a ningún debate, puesto que si es caritativo y racional y conforme a la tradición, sin duda alguna, nos conducirá a Dios. Santo Tomás de Aquino no tuvo miedo de discutir sobre ninguna cuestión. Entre los miles de cuestiones que tuvo a bien considerar solamente rechazó una por considerarla totalmente estúpida, fue la idea de que el dinero mueve el mundo. Sin duda, él habría considerado a nuestra sociedad bastante estúpida. La unidad que no se fundamenta en la verdad no es unidad cristiana. Corre el riesgo de reducirse a simple conformismo.  


Otras Iglesias cristianas fallan con frecuencia porque más que guardar silencio lo que encontramos en ellas es mucho ruido. Los teólogos truenan, los obispos braman, los curas pontifican, pero en realidad hay poco compromiso con la gente que piensa de modo distinto al nuestro. En este caso la tentación es valorar mi verdad a costa de la unidad, sin embargo, una verdad que no cura las divisiones, no es una verdad cristiana. Corre el peligro de convertirse en simple ideología o política de partido.

En nuestro mundo de vértigo y ruido, cuando las discusiones con frecuencia toman la forma de poner por los suelos a los contrarios, nuestras iglesias debieran ofrecer un oasis para el debate sabio y caritativo, donde se nos viera como gente que busca la verdad con los demás. A un mundo sediento le decimos “alma mía bebe de la concordia hasta saciarte, corazón mío bebe de la sabiduría” (4 Esdras 8,4).


Esto exige de nuestros fieles buscadores una vida espiritual profunda: una vida de oración en la que uno mantiene vivo el sentido de Dios, el instinto por lo que es verdadero. Decía Congar, “He amado la verdad como si estuviera amando a una persona”7. Es necesaria pues una gran humildad, ya que lo que se cuestiona no es mi verdad, mis triunfos, sino la verdad, y lo que la verdad es, posiblemente necesite muchos años para que salga a la luz, incluso, puede que no aparezca hasta después de la propia muerte. Cuando le preguntaron a Congar si creía tener las respuestas correctas, él replicó que no sabía, pero de lo que sí estaba seguro, era de plantearse las preguntas correctas. Todos podemos pensar en algunos teólogos controvertidos que no han resistido a la tentación de convertirse en famosos y presentarse a sí mismos como víctimas. Cuando un amigo le pidió a Pío IX que escribiera un prefacio para su libro, él le preguntó ¿por qué? Le contestó: “Para vender más copias del libro”. “He pensado en algo más fácil que todo eso, dijo el Papa. Puedo ponerlo sin más en el Índice de libros prohibidos”. Citando a Congar por última vez, decía en medio de la crisis el año 1954: “Decir la verdad con prudencia, sin escándalos innecesarios y provocadores. Permaneciendo al mismo tiempo –y haciéndome cada vez más – testigo verosímil y claro de lo que es verdadero”8.


De este modo, nuestros fieles buscadores, como hojas del árbol eclesiástico, solamente podrán florecer si se abren al viento, a la lluvia y al sol, siempre que estén sostenidos por una vida prudente, reflexiva y espiritual. De esta manera nuestras grandes enseñanzas, como la Trinidad y la divinidad de Cristo, podrán entrar en diálogo fructífero con nuestros contemporáneos, y ser descubiertas como plenamente interesantes, liberadoras y verdaderas.


Por tanto, el fundamento de nuestra predicación será el tipo de conversación que mantengamos con nuestros propios hermanos/as y con los demás. ¿Hablamos entre nosotros sobre nuestra fe, nos atrevemos a compartir las preguntas y dudas que hay en nuestros corazones? ¿Nos mantenemos apegados a ideologías intolerantes, y sucumbimos a la presión de situarnos “en el lado correcto” a la hora de decantarnos por una línea de acción? ¿Somos de verdad libres para probar nuevas ideas o incluso para volver a las antiguas cuando hablamos los unos con los otros sobre nuestra fe? ¿Nos damos unos a otros ánimos para proclamar la verdad? ¿Somos receptivos a las películas, las novelas y la música que hacen vibrar el corazón de la gente, sin fijarnos si han sido hechos por cristianos o no? En caso afirmativo, encontraremos el lenguaje adecuado para una predicación del evangelio que sea actual y viva. Así conseguiremos una doctrina que no sea doctrinaria.  Y más tarde intentaremos buscar una moral que no sea moralizante. ?


Fr. Timothy Radcliffe OP.
Madrid, 19 Dic. 2009
 



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Un nuevo portal de música cristiana para orar y celebrar


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